Hay dos cosas que importan. Sólo dos. Dar lo que hace bien. No lastimar. Nada más. Una fórmula de dos componentes. Como respirar: inhalar, exhalar. Si reconocés la luz, entregá esa misma claridad. Si conocés la sombra, no la proyectes sobre otro. Es una simetría inevitable, física. No pienses en sistemas. Pensá en el impulso contenido, en la puerta que se deja entreabierta. En lo que pasa cuando preferís lo que construye a lo que simplemente posee. Lo difícil no es entenderlo. Es no distraerse. Sostener, en el ajetreo diario, que la existencia del otro es un hecho, con la misma importancia que la tuya. Un equilibrio. El resto -las filosofías, las leyes- sólo ayudan a transitar ese suelo plano. La base es esa. Un pacto anterior a las palabras. Por eso es simple. Y por eso exige todo: no tolera el disfraz. Es el punto en que uno deja de dar explicaciones y, al fin, se pone de pie en el silencio de lo evidente.
miércoles, 4 de febrero de 2026
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