Un hombre. Una habitación. Una ventana. Del otro lado, un farol. Luz amarilla. Siempre igual. No piensa. No tiene alma. Es luz amarilla, nada más. Una mujer. Una cocina. Mira el borde de una taza. Luego el teléfono. Luego las manos de su marido con el control remoto. La cabeza, vacía. Un vacío perfecto. Hasta que su mano toma el teléfono. Los dedos deslizan la pantalla. No buscan: andan. Encuentran una palabra. Cualquiera. Ahí. Algo, por fin. Hombres en una oficina. Trajes idénticos. Agendas vacías. El aire acondicionado ronronea. Nada que decidir. Hasta que uno habla. Dice un nombre. Un lugar. Los demás miran. Asienten. El nombre no importa. Importa el alivio. Algo, por fin, para hacer. No es odio. Es la nada. La nada que duele, que grita pidiendo una forma, cualquier forma. Un disparo. Una acusación. Una guerra. Una infidelidad. Una palabra en una pantalla. Cualquier cosa para probar que se está vivo. En la cocina de otro hombre, el piso está sucio. Huellas marcadas. Se agacha. Moja un trapo. Lo escurre en un balde con agua perfumada. Frota. Desaparece una mancha. Luego otra. No es una hazaña. Son unos metros de cerámica que brillan bajo la luz. Ningún acto heroico. Sólo un trapo húmedo en la mano y las manchas que retroceden. El resto es esperar la muerte con buena educación. Esto es mover la muñeca. Esto es salvarse.
jueves, 5 de febrero de 2026
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