A veces las señales son inexistentes. Un instante es suficiente para que todo se transforme. La vida fluye. Un latido y ya estamos aquí; un silencio y la ausencia es aplastante. Y, mientras tanto, el mundo sigue su curso. Somos frágiles y transparentes, como una hoja de papel constantemente en blanco. Nuestra efímera existencia fluctúa entre la fortuna y las estadísticas. Y en esa fugacidad reside tanto la belleza como el horror. El tiempo acompaña siempre, recordándonos que no es posible eludirlo. Podemos alcanzar una cumbre o perdernos en pensamientos durante horas, pero nada cambiará en lo sustancial. Quizás la verdadera transformación esté en aprender a abrazar lo que es, pero ¿acaso no es también una trampa? Tal vez nos enredemos en excesivas reflexiones. Hay que dejar que las emociones fluyan, permitir que el sentir prevalezca sobre el pensamiento, ya que, como dijo el filósofo, el corazón tiene razones que la razón no entiende.
domingo, 15 de diciembre de 2024
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