El engaño suele destilar un brillo cegador, como un oro mal logrado que encandila la vista, pero cuyo peso errático en algún momento delata su esencia. Al principio, deslumbra y seduce, provocando ridículas justificaciones en los sombríos recovecos de la conciencia. Sin embargo, esa ilusión deja un rastro persistente, una vibración que resuena en el silencio. La verdad, tenaz y sigilosa, siempre permanece cerca, aguardando el instante propicio para manifestarse. Uno puede intentar eludirla, construir ininteligibles laberintos, así y todo, su llamado es irrefrenable. Las falsas narrativas se pueden amontonar como lastres que llevamos a cuestas, pero no hay refugio posible cuando llega el momento de la reconciliación con la realidad. La verdad, intransigente, siempre halla la manera de reclamar su lugar bajo la luz.
lunes, 6 de enero de 2025
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