Ya no exijo que el mundo arda a cada instante, que cada rostro esconda un secreto indescifrable o que cada palabra lleve consigo el peso de una promesa eterna. Ahora me conformo con lo que fluye sin esfuerzo: una mano que se posa en el hombro, un café compartido en silencio, una sonrisa que no necesita explicación. Y, sin embargo, en esos gestos mínimos, encuentro algo que antes me pasaba desapercibido: una especie de magia discreta, como si el mundo, sin pretenderlo, me ofreciese pequeños destellos de algo que no merezco, pero que acepto con gratitud. Lo que antes buscaba con furia, ahora lo encuentro en lo que no se dice, en lo que simplemente es. Y eso, aunque parezca poco, es más que suficiente.
lunes, 24 de febrero de 2025
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