El amor, cuando se termina, no lo hace con estruendo ni con gestos dramáticos. Simplemente se pierde, como un barco que desaparece en el horizonte, haciéndonos dudar si alguna vez estuvo allí. No hay culpa en ello, ni tragedia. Es sólo el silencio de algo que ha cumplido su ciclo, como una canción que termina y deja el aire limpio, listo para ser llenado de nuevo. Hubo un momento en que todo parecía eterno, como si el mundo girara alrededor de aquel sentimiento. Pero la eternidad es una ilusión, una promesa que no siempre se cumple. Y cuando el interés se desvanece, cuando las palabras pierden su peso y los gestos su significado, queda sólo la certeza de que algo ha terminado. No es un fracaso, sino un final necesario, como el ocaso que precede a la noche. Soltar nunca es un acto de debilidad, sino de fortaleza. Es reconocer que hay cosas que no se pueden forzar, que no se pueden sostener con las manos atadas. Es entender que el amor, cuando es verdadero, no necesita ningún tipo de atadura. Y cuando deja de serlo, lo más sabio es dejarlo ir, con gratitud por lo que fue y con esperanza por lo que vendrá. Hay una belleza en el desamor, una especie de claridad que surge después de la tormenta. Es como si el mundo se reordenara, como si las piezas de un rompecabezas encontraran un mejor lugar en otro diseño. No hay amargura en este proceso, sólo la serenidad de quien sabe que ha vivido algo importante y que ahora está listo para vivir algo mejor. Así se suelta, sin miedo y sin resentimiento, como algo que simplemente ocurre. Y en ese acto de liberación, hay una especie de victoria, una celebración silenciosa de la vida y de su capacidad para renovarse. El amor que se fue deja espacio para el que vendrá, y en ese espacio, amplio y luminoso, está la promesa de un nuevo comienzo.
domingo, 9 de marzo de 2025
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