La existencia no distingue entre nombres ni rostros, porque todos, sin excepción, llevamos dentro ese deseo silencioso de vivirla con más intensidad. Como si el simple hecho de respirar no fuera suficiente, y quisiéramos que cada instante brillara con una luz propia. Pero no es una cuestión de tiempo, ni de los sueños que guardamos en silencio. Lo que importa es lo que hacemos con las horas que tenemos. La vida no es una espera, ni una lista de deseos pendientes. Es acción, es movimiento, es una sucesión de momentos que, en su fluir, revelan una belleza indomable. Algo extraordinario, casi mágico, no por ser perfecto, sino por su capacidad de sorprendernos, de desplegarse como una música que nunca se repite ni deja de sonar.
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