En la ciudad, el tiempo se divide en fragmentos precisos, como piezas de un engranaje que nunca deja de girar. Las horas son monedas que se gastan en cosas que no se eligen, en tareas que se acumulan como papeles sobre un escritorio. La vida, dicen, es una carrera, pero nadie sabe bien hacia dónde. O tal vez sí lo saben, pero no se detienen a pensarlo. Demasiado ocupados. Hay momentos, sin embargo, en los que el reloj parece detenerse. Son breves, casi robados. Un domingo por la mañana, cuando el sol entra por la ventana y el mundo parece haberse quedado en pausa. O esa hora perdida al final del día, cuando las calles se vacían y el silencio se hace dueño de todo. En esos instantes, uno respira. Y es entonces cuando puede hacer aquello que realmente importa: leer un libro, caminar sin rumbo, sentarse a mirar el cielo. Pequeños actos de rebeldía contra la maquinaria implacable de los horarios. Pero siempre está ahí, al acecho. El lunes, la alarma, la rutina que vuelve a apretar. Y uno se pregunta, a veces, si no será todo esto una especie de trampa. Una trampa en la que caemos sin darnos cuenta, arrastrados por la corriente de lo que se supone que debemos hacer. Y entonces, en medio de ese caos, uno se aferra a esos momentos robados, a esas horas que son sólo suyas. Porque, al final, quizás la vida no tenga sentido. O quizás el sentido esté precisamente en eso: en encontrar, entre el ruido, esos pequeños instantes de calma. Y en vivirlos como si fueran eternos.
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