Al hombre le pueden quitar todo, absolutamente todo, menos una cosa. Una sola. Un rincón minúsculo, pero indestructible, donde reside algo que no se puede tocar, ni robar, ni siquiera definir por completo. Es la libertad de elegir cómo enfrentarse al mundo, cómo observarlo, cómo habitarlo. No importa lo que ocurra afuera, no importa el ruido, el caos o el peso de las circunstancias. Dentro de ese espacio, el hombre decide. Decide quién ser, cómo ser y hacia dónde ir. Y esa decisión, silenciosa, casi imperceptible, es la que lo salva. La que lo convierte en dueño de su vida, incluso cuando la vida parece haberlo abandonado. Porque, al final, cuando todo parece perdido, cuando el mundo se desmorona y esas certezas se desvanecen, ese pequeño rincón interior permanece intacto. Es allí donde encuentra su fuerza, su luz, su razón de ser. Y aunque el camino sea oscuro y las heridas profundas, esa libertad interior lo guía, lo sostiene y le recuerda que, pase lo que pase, siempre tendrá el poder de elegir. Elegir resistir, esperar, renacer. Y en esa elección, por pequeña que parezca, habita la verdadera esencia de la vida: la capacidad de ser libre, incluso en las circunstancias más adversas. Porque la libertad no es algo que el mundo pueda arrebatar; es un fuego que arde dentro, y mientras siga encendido, el hombre será dueño de su destino.
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