Existen lugares que son como parques en el alma. No se trata del hogar, ese espacio seguro e íntimo donde todo está en orden, ni el trabajo, ese escenario de esfuerzo y rutina. Son algo más difuso, más libre. Lugares que no se buscan, pero que aparecen, como un banco bajo un árbol en una plaza cualquiera, o una porción de playa junto al mar. No tienen dueño, ni nombre, ni reglas. Sólo existen, callados, esperando que alguien se siente y respire. Estos lugares no son monumentales, ni pretenden serlo. Son modestos, casi invisibles. Un café donde el humo del espresso se mezcla con las voces bajas, una biblioteca donde las páginas se pasan en silencio, pero no en soledad. Son sitios que no reclaman atención, pero que la atraen. Como un imán para las historias que no caben en casa ni en la oficina. Historias que se cuentan sin prisa, entre sorbos de café o miradas al vacío. Aquí no hay que demostrar nada. No hay que ser nadie. Sólo estar. Y en ese estar, algo sucede. Algo pequeño, casi imperceptible, pero real. Como una semilla que cae en tierra fértil y, sin hacer ruido, empieza a echar raíces. No es amor, ni amistad. Es algo más sencillo y, por eso, más profundo: la certeza de que, por un momento, el mundo no es un lugar hostil. Que hay rincones donde las soledades se cruzan y, sin querer, se hacen compañía. Un tercer lugar. Un refugio sin puertas, un hogar sin paredes. Un lugar que no es tuyo, ni mío, pero que, mientras estemos ahí, nos pertenece.
miércoles, 5 de marzo de 2025
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