Recorro la ciudad como quien mira una vidriera. La gente pasa sin mirarse. Cada uno en su obra, sin autor. Las pantallas muestran cosas vacías. Todos las miran igual. Los objetos esperan. No sé qué. El deseo se fue. Las preguntas grandes están ahí, en el aire. Nadie las dice en voz alta. Un día, en una pantalla, apareció alguien. Nadie importante. Hablaba de un lugar lejano donde las cosas tenían orden. Algunos se pararon a escuchar. Después, se fueron y lo olvidaron. A mí, esas palabras me quedaron. Y pensé que quizás no hacía falta ir tan lejos. Quizás todo estaba ahí. En ese instante. En esa calle. Miré al cielo. Gris. Cerrado. Por un momento creí que detrás de esa niebla había algo. Pero no. Lo importante era la gente. Las calles. Las preguntas que nadie responde. La vida así nomás, con su belleza rara y frágil. No hace falta otro lugar. Acá, ahora, ya está. O debería estar.
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