La caja apareció detrás del armario, como si el tiempo la hubiera devuelto. Dentro, un mapa trazado en servilletas arrugadas, una lupa de plástico, un reloj con las agujas pegadas sin esmero marcando las tres, una moneda oxidada que olía a juegos prohibidos. Las líneas del mapa le provocaron un vértigo familiar, ese tipo de recuerdo que duele entre las cejas. También pareció rememorar la lupa y el olor a insectos quemados. El reloj le interrogó: ¿quién había necesitado tanto aquella hora exacta? ¿Qué urgencia infantil condenaba ese instante a la eternidad? La moneda le dejó en los dedos un polvillo rojizo. La hizo girar sobre el dorso de la mano, buscando una inscripción, una pista. Sólo encontró el brillo gastado de tanto contar mentiras en el recreo. Volvió cada objeto a su sitio, con la precisión de quien recompone una escena del crimen. Al día siguiente, el armario estaba otra vez pegado a la pared. Pero esta vez, el reloj ya no estaba dentro de la caja. Lo encontró sobre la mesa de la cocina, las agujas quietas, clavadas en las tres. Al acercarse, un zumbido leve emanaba de su maquinaria. Entonces lo recordó: aquella tarde de verano, la promesa hecha bajo un palo borracho, el juramento de no decir nunca lo que había pasado a las tres en punto. El reloj no marcaba una hora detenida, sino una deuda. Y ahora, después de tantos años, alguien -o algo- había venido a cobrarla. Las manecillas comenzaron a girar.
sábado, 26 de abril de 2025
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