Lo llaman libertad, pero huele a derrota. Hemos perfeccionado el arte de la intolerancia. La destreza de no permanecer. Nos movemos entre afectos como si fueran estaciones de tren, subiendo y bajando antes de que el viaje canse. Todo es ligero, rápido, indoloro. Nada se fija lo suficiente como para dejar marca. Y así, en esa huida constante, creemos que somos libres. Pero no somos más que consumistas. Ya no buscamos en el otro un territorio desconocido, sino un reflejo cómodo de nosotros mismos. No queremos ser transformados, sólo confirmados. El amor se ha vuelto una transacción: tomamos lo que nos sirve y descartamos el resto. ¿De verdad creemos que así se vive mejor? ¿O sólo estamos drogados por la ilusión de que siempre habrá algo -alguien- mejor ahí fuera? Nos han vendido que el amor es una aplicación: si no funciona, se desinstala. Pero el corazón no tiene botón de reinicio. Lo peor no es la fragilidad de los vínculos, sino la mentira que los sostiene: la idea de que así evitamos el sufrimiento. Pero el dolor no desaparece; sólo se hace difuso. Nos volvemos expertos en despedidas y principiantes en persistir. Y, en el silencio entre un adiós y el próximo, descubrimos que lo que llamábamos libertad era sólo miedo disfrazado de modernidad. Al final, seguimos hambrientos. Pero ya ni siquiera sabemos de qué.
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