La música nace en el abismo entre lo imaginado y lo posible. Es un duelo. Primero, éxtasis: el artista como dios de mundos sonoros. Luego, desilusión: el muro entre el cerebro y el mundo. Al final, resistencia: soñar aunque nadie escuche. La habitación no es una prisión. Es el útero de lo sagrado. Donde lo efímero -un solo de guitarra soñado- se vuelve eterno por su pureza. Cultivar lo imposible. Ese es el oficio. Regar con esmero, aunque nada brote. Y llamarle belleza. El amplificador sigue apagado. Pero el aire guarda el eco de lo que pudo ser. Eso basta. Eso duele. Eso salva.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
LO QUE SE QUEDA
Uno aprende, con el tiempo, que algunas cosas se quedan. Una canción. Una persona. Una playa. Un día cualquiera. Una noche. Una tarde q...
-
Uno piensa una cosa, y dice otra. O promete algo, y no lo realiza. Es una ruptura. Un desgarro. Si se repite, cansa. La opción es simpl...
-
Te pasás la vida soñando. Con la casa, con el auto, con ese rincón de paz donde todo esté en su lugar. Juntás plata, pedís créditos, fi...
-
Uno arranca por cualquier lado. No hay otra forma. Nadie sabe dónde queda el principio. Así que agarramos lo primero que viene, un día...
No hay comentarios:
Publicar un comentario