La música nace en el abismo entre lo imaginado y lo posible. Es un duelo. Primero, éxtasis: el artista como dios de mundos sonoros. Luego, desilusión: el muro entre el cerebro y el mundo. Al final, resistencia: soñar aunque nadie escuche. La habitación no es una prisión. Es el útero de lo sagrado. Donde lo efímero -un solo de guitarra soñado- se vuelve eterno por su pureza. Cultivar lo imposible. Ese es el oficio. Regar con esmero, aunque nada brote. Y llamarle belleza. El amplificador sigue apagado. Pero el aire guarda el eco de lo que pudo ser. Eso basta. Eso duele. Eso salva.
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