Era hermoso verlos, casi matemático. Pequeños animales de costumbre, pero sin costumbre alguna. Se alineaban, sonreían, mataban, lloraban. Todo en el mismo gesto con el que un hombre se abrocha el reloj antes de salir, como si el tiempo fuera algo que pudiera dominarse. No había lógica. O quizás sí, pero era esa lógica torcida de los sueños, donde lo imposible se vuelve ley y nadie pide explicaciones. Un día adoraban lo que al siguiente quemaban, y lo extraordinario era la facilidad con que olvidaban. Bastaba que alguien dijera "esto vale la pena" para que lo guardaran en el pecho como una bala. Los veías, absortos, entregando el dinero, la piel, el alma, por una frase que habían leído en cualquier parte, como quien encuentra una moneda en el suelo y decide que es un tesoro. Lo grandioso no era su inocencia, sino la elegancia con que se arrojaban al vacío, una y otra vez, sin siquiera pestañear. Como si en el fondo ansiaran ser engañados. Como si la lucidez les resultara vulgar. Y ahí seguían, eternamente, repitiendo las palabras que otro había escrito para ellos, seguros de haberlas inventado. Geniales. Inmortales. Acompañados. Dueños de nada.
lunes, 16 de junio de 2025
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