Escribir en un blog llamado "Espejos". No hay motivo. Sólo el acto, la costumbre, la necesidad de arrojar palabras al vacío antes de que ocupen demasiado lugar. El blog no espera lectores. No los busca. Las entradas se acumulan como objetos sin valor dejados en un cajón: inútiles, innecesarias, pero imposibles de tirar. A veces, alguien pasa, lee, se va. Otras veces, nadie. Da igual. Lo importante es que las palabras estén ahí, testigos mudos de algo que, de otro modo, se perdería. Alguna vez, un mensaje llega desde el otro lado de la pantalla. Nada más. No hay respuesta posible. El blog no es un diálogo. Es un espejo: refleja, pero no devuelve. Seguir escribiendo, entonces. No para alguien, no para ser leído, no para ser salvado. Sólo porque callar sería dejar que el mundo gane. Y el blog seguirá ahí. Vacío y lleno a la vez. Como un faro sin barcos, como una habitación con la luz siempre encendida. Al final, las palabras se quedan. Siempre se puede volver, como a ver fotos viejas de paisajes lejanos. Y, de algún modo, eso es suficiente.
domingo, 22 de junio de 2025
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