Fue durante el mediodía de un invierno recién nacido, tal vez el mismo del solsticio, cuando la luz mudó de piel. Ya no se filtraba tímida entre las persianas, ni se derramaba torpe sobre los suelos. Entró, esta vez, como se entra en una casa conocida: sin pedir permiso, pero con la dulce arrogancia de quien sabe que pertenece. Me sorprendió. Había olvidado que las paredes son sólo piel reseca, que las puertas jamás aprendieron a guardar secretos. Y sin embargo, ahí estaba ella -la luz- deslizándose por los rincones como un recuerdo que regresa sin aviso. No era la claridad brutal del verano, ni el resplandor glacial de los espejos. Era otra cosa. Algo más próximo al último verso de un poema, o al silencio que lo sigue. Entonces lo entendí. Las personas no son cristales, ni siquiera superficies. Son grietas. Pequeñas heridas por donde, de pronto, se cuela lo impensado. Pueden pasar años convencidas de que su brillo es prestado, hasta que un gesto mínimo -un parpadeo lento, una mano que se abre- las delata. Y ahí está: ese instante preciso en que lo que esconden decide hacerse visible. No hubo otra revelación. Sólo la luz, al fin, trazando en el aire su nombre con la lentitud ceremoniosa del solsticio.
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