Este animal que sos no camina solo. Lleva adentro un animal distinto. Una fiera quieta. En los huesos. Querés domarla. Tu mano aprieta el aire. Siempre. Pero mirá: ahí respira. En el brillo del cuchillo olvidado. En el paso del tren de las tres. En el crujir del parqué. Espera. Llega la hora sin nombre. La noche eterna. Entonces, sin aviso, la jaula se abre. Un rugido. Un temblor. Hasta que la luz del alba clava sus dientes. Y la separación. ¿Es este cuerpo sólo la herida que deja su fuga? El hombre camina. Sangrando por esa fuga invisible. Persigue. Se acecha. Nada aplaca este incendio. Salvo… ese instante exacto. Esa rendición blanca. Ese gesto salvaje de escribir su nombre en la pared del mundo.
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