Los artistas son melancólicos porque no saben obedecer. No tienen esa costumbre. Sienten. Los demás viven dentro de los límites de la razón, como casas con puertas y ventanas. Ellos están afuera, donde la tierra nunca termina de solidificarse bajo sus pies y el horizonte no firma contratos. No es que sufran más. Es que lo hacen sin instrucciones. Sin red. Incluso encontrando el goce en la tristeza. A veces, el mundo los derriba y quedan ahí, en esa quietud amarga que alimenta el arte tanto como la inspiración. Otras veces, un viento cruzado los eleva, los suspende en el aire el tiempo justo para que piensen: esto lo explica todo. La melancolía no se va. Es el tributo por no tener amo. No hay remedio. Sólo el oficio, ese gesto tercamente repetido, como palpar las paredes de un túnel que promete, en algún momento, dejar pasar la luz.
lunes, 9 de junio de 2025
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