La buena acción perfecta sería aquella que desaparece al cumplirse. Sin testigos. Sin registro. Pero existe otra. La que se ejerce desde arriba, con cálculo preciso. La que alimenta cuerpos y ahoga dignidades. Se extiende como un manto pesado que abriga, pero también inmoviliza. Hay quienes dan sólo para comprobar que pueden retirar la mano. El mendigo agradecido convalida su poder. El gesto no es solidaridad: es confirmación de jerarquía. La verdadera ayuda no construye deudores. No exige reverencias. Respeta, en silencio, la dignidad intacta del otro. No se anuncia, no se fotografía. No existe para llenar estadísticas de compasión ni para acumular likes en una pantalla. Por eso casi nadie la practica. No aparece en los diarios. No suma seguidores. Sólo existe, breve y pura, en ese instante en que una mano se abre... y luego ya no recuerda qué dio, ni a quién.
lunes, 9 de junio de 2025
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