No tengo fe. Otros besan el viento. Yo, lamentablemente, necesito el peso exacto de las cosas en las manos. Imagino una mesa: pan recién horneado, pescado asado y vino. Nadie alza la vista al cielo. Los que dudan no mendigan certezas. Se inclinan sobre lo concreto: el surco en la tierra, la herida que cicatriza, el niño que pregunta, la mancha de vino en el blanco del mantel más blanco. Esperan sin arquear las manos. Dios -si acaso existe- eligió el disfraz perfecto: lo cotidiano. Por eso la luz de la mañana es tan precisa. Por eso duele tanto. El único milagro verdadero es no necesitar milagros.
miércoles, 9 de julio de 2025
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