Hay cosas que no se discuten. Las sabés en el acto, como un golpe al pecho. No hay que explicarlas. Son. La amistad verdadera es así. No es un contrato. No es un trueque. No es cuestión de escuchar versiones, ni de comparar relatos. En la amistad, hay una sola campana. La del amigo. Y la reconocés al primer toque, como cuando alguien dice tu nombre y no hace falta darte vuelta. Lo reconocés. Como al olor de tu barrio. No importa la verdad. No importa lo justo. Ni siquiera la razón. Importa ese que te defiende el pasado, espalda con espalda. Ese que, sin avisar, se sentó a tu lado en la vida y no se movió más. No hay mérito. No hay gesto heroico. Sólo terquedad. Y cuando llega el momento -porque siempre llega- en que tenés que elegir, no lo dudás. No hay que pensar. Te inclinás hacia él, como el árbol que creció torcido pero firme. Lo demás es humo. La amistad verdadera no se elige. Se obedece. Se queda.
domingo, 20 de julio de 2025
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