Encontré una foto en la que aparecía un niño. Lo reconocía por los ojos, por la curva de la sonrisa, pero no podía decir que fuese yo. Ese niño vivía en un mundo sin fisuras. Tan bello como simple. Creía en las promesas y no sabía que el tiempo podía cometer delitos. Yo, en cambio, lo sé. A veces pienso que todos llevamos dentro a extraños. Gente que fuimos y que ya no somos. Voces que hablaron con nuestra voz y cuyas palabras hoy nos resultan ajenas. Oscar Wilde tenía razón: si alguien me conociera por lo que fui hace unos años, ya no me conocería. Y sin embargo, aquel niño sigue aquí, como un hueso olvidado bajo la piel. Intenté hablarle. Le dije algo sencillo, una frase cualquiera. No respondió. No podía. Él era feliz sin saberlo, y yo ya no sé cómo serlo sin pensarlo. Así que devolví la foto a su caja y dejé que el pasado siguiera muerto. Porque la melancolía no es más que el respeto que le debemos a los fantasmas.
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