Se sabe que se termina cuando los ruidos de la calle ya no gritan, hablan bajito. Las cosas quedan ahí, a medias: la computadora encendida, el vino en la copa que ya no refresca, la campera tirada en el sillón. No hay necesidad de moverse ni de probar nada a nadie. Uno piensa en el lunes, claro, pero sin darle nombre. Como cuando se mira el reloj pero no se quieren ver las horas. Ese momento ambiguo del domingo donde la tarde se confunde con la noche es eso: un hombre que se queda parado en el andén, mirando el tren que ya se fue. No hay tristeza. O sí, pero es una tristeza chiquita, de esas que entran en el bolsillo del pantalón y no pesan. Algo se fue, algo viene. La vida, nomás. Después llega la noche, callada. Después el sueño, que es un tipo que nunca discute. Ya en la quietud, regresan los disfraces: la corbata invisible, la pila de mensajes. Y cuando abrís los ojos: Lunes.
domingo, 20 de julio de 2025
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