Un hombre escribe un blog llamado Espejos. No para mirarse. Para borrarse. Roland Barthes lo dijo: el autor es apenas un fantasma. Las palabras, una vez escritas, ya no le pertenecen. Se las lleva el que las lee. Espejos lo sabe. Por eso escribe oblicuo, como cifrando algo. No sólo por torpeza, sino por método: busca desaparecer. Escribe como quien afila un cuchillo y luego lo deja sobre la mesa. Lo dicho importa menos que el filo que otro descubra. Un día, alguien lee sus líneas y encuentra tristeza donde no la había. Otro, rabia. Un tercero sonríe sin razón. El hombre ya no existe. Lo asesinaron sin proponérselo. Barthes hablaba de signos que nunca se quedan quietos. Espejos juega a eso: no escribe para comunicar, sino para sucumbir. Cada lectura lo deshace un poco. Al final, sólo quedan las palabras. Y unos cuantos, dispersos, que les dan vida propia. El asesino perfecto no deja rastros. Sólo interpretaciones.
lunes, 21 de julio de 2025
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