Hay veces que la vida te regala una señal. Una pequeña luz allá lejos, apenas un punto brillante en el horizonte. No es llamativa, no hace ruido. Pero cuando la ves, algo en vos reconoce que vale la pena seguirla. Como cuando de chico veías un bicho de luz en el jardín y sin pensarlo empezabas a ir tras el, sin preguntarte por qué, sólo porque brillaba. El tiempo sabe lo que hace. Nos apuramos, nos desesperamos, pero las cosas importantes tienen su momento exacto. Como las semillas enterradas, que nadie ve, pero que algún día rompen la tierra, justo cuando deben hacerlo. La gente pasa a tu lado. Algunos te rozan el hombro al irse. Otros se quedan un rato largo. Todos te enseñan, sin querer, que estamos hechos de encuentros. Que nadie llega a ninguna parte completamente solo. Y cuando al fin alcanzás esa luz -o cuando entendés que no importa alcanzarla- descubrís que lo más valioso no estaba al final del camino. Estaba en vos todo el tiempo: en cómo cada paso te iba cambiando, en cómo aprendiste a mirar mejor, en cómo el simple acto de buscar te convirtió en otro. La verdadera luz no era la que brillaba allá lejos. Era la que llevabas adentro sin saberlo. La que crecía en silencio mientras esperabas.
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