A veces, el hombre se despierta. No de un sueño, sino de algo más visceral. Como si una nota, dentro de él, empezara a vibrar. Se levanta y comprende que vive como en una casa prestada. Todo está en orden, nada le pertenece. Habla del trabajo, del amor, de las noches sin sueño. Enumera sus males con precisión de farmacéutico. No sabe que sólo hay uno: la ausencia. No la ausencia de algo. La ausencia de sí mismo. Camina entre personas, toca objetos, pronuncia frases. Pero hay un cristal. Delgado, impecable. Lo peor no es el dolor. Lo peor es no alcanzarlo. Lo peor es mirarse al espejo y no encontrar a nadie. Un día, sin anuncio, algo cede. No es dramático. Es un segundo cualquiera. Quizá el sonido de una llave al caer al suelo o el tacto del jabón al resbalársele entre los dedos. Entonces lo entiende. No se trata de llegar a algún sitio. Se trata de dejar de huir. La vida no era un laberinto. Era el paso entre sus muros. Y él, todo este tiempo, había sido el paso.
sábado, 26 de julio de 2025
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