Era uno de esos eneros que queman. El asfalto del andén brillaba y el aire temblaba sobre las vías. Él llegaba siempre a las tres, se sentaba en el mismo banco -el tercero desde el cartel de salida-, y encendía un cigarrillo que nunca terminaba. El séptimo día, apareció ella. Llevaba un vestido verde. No verde cualquiera, sino ese verde que sólo existe en los atardeceres sobre los campos de trigo, justo antes de la cosecha. Un verde que le hacía juego con los ojos. -Hace calor- dijo, sentándose a su lado sin pedir permiso. El humo de su cigarrillo dibujó un círculo perfecto en el aire quieto. Vinieron más tardes. A veces hablaban del último tren que había pasado casi una década atrás, o de cómo los relojes de la estación seguían marcando una hora que ya no existía. Otras veces, simplemente compartían el silencio y el sudor que les corría por la nuca. Una mañana de viento sur, el vestido verde no estaba. Sobre el banco quedaba un boleto de tren usado, con fecha del mismo día pero de diez años atrás. Él lo guardó en la solapa de su saco. Cuando el jefe de estación le preguntó por qué seguía yendo si ya no pasaban trenes, él miró las vías que se perdían en el horizonte. -Los trenes importantes nunca llegan cuando deben -dijo-. Sino cuando uno ha dejado de esperarlos.
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