Ya nadie escucha. Hablamos como quien revuelve un café frío, convencidos de que el gesto basta. Mientras el otro habla, tachamos sus frases, esperando la más mínima pausa para meter la nuestra. El silencio -ese cómplice de la comunicación- ahora es un bicho raro. Lo tapamos con apuros, con palabras fuertes que no son más que miedo disfrazado al vacío. Pero las palabras no necesitan fuerza. Necesitan verdad. En estos tiempos, hablar es costumbre. Escuchar, milagro.
miércoles, 16 de julio de 2025
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