Al principio fue sólo una palabra. Después, un trueno: La patria. Se la inventaron tipos con sed de otros tipos. No la tallaron en mármol ni la bordaron en seda -la tejieron con huesos-. Era una idea demasiado grande para un solo pecho, así que la repartieron: a vos el honor, a él el deber, al de allá la gloria. Todos mordieron el anzuelo. Nadie preguntó quién lo tiró. Hubo una época en que morir por ella tenía su épica. Los pibes se tiraban al abismo creyendo que su caída iba a dibujar un puente. Los viejos los empujaban, fumando y escondiendo los verdaderos intereses bajo el humo. Las madres guardaban el dolor en cajitas de música que sólo sonaban de noche. Y así funcionaba el circo: la máquina tragaba carne y escupía estatuas. Nadie veía el humo. Hoy los altares son otros, pero los sacrificios son los mismos. Ya no hay uniformes, sólo marcas, logos, gestos y trapos pintados. No hay fusiles, sólo contratos. Pero el verso sigue intacto: misma entrega, mismo ardor, misma mentira con otro envoltorio. Ahora no te morís en un campo de batalla, sino en un escritorio o en una plaza, a las tres de la mañana o a las cinco de la tarde, con el corazón, los huesos o la cabeza hechos pelota. Pero al final es lo mismo: tu vida, reducida a un eslabón de una cadena que no aguanta nada. La realidad es esta: el poder nunca pidió permiso para comerse a los vivos. Y los pobres tipos, ya sean boludos, cómplices -o ambos-, siguen de rodillas ante el mismo dios con distinto cartel. La patria fue sólo el primer cuento para el ego. El último va a ser tu nombre en una lápida que ya nadie lee.
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