Hubo un hombre que lo tuvo todo. Lo digo sin metáforas: lo tuvo, como se posee un continente o un siglo. Palacios, títulos, miradas que se inclinaban antes de que él pronunciara una palabra. La fama fue para él un animal doméstico, algo que dormía a sus pies y despertaba sólo para lamerle la mano. Pero un día, cuando ya no quedaba nada por conquistar, murmuró un nombre al oído de la muerte: Rosebud. Era un trineo. Un pedazo de madera pintada, desgastado por las tardes de nieve de un niño que ya no existía. Nada más. ¿Qué nos dice esto? Que la gloria es un espejismo. Un teatro donde los aplausos nunca calientan las manos. El hombre -llamémosle Kane, aunque podría ser cualquiera- construyó imperios para descubrir, al final, que lo único que anhelaba era el peso de una infancia perdida. El roce de la madera bajo los dedos. La risa de alguien que lo esperaba para jugar, antes de que el mundo le enseñara a desconfiar. Los que estuvieron a su lado -el amigo que le guardó un secreto, la mujer que lo miró sin ver su fortuna- fueron los únicos que no le pidieron nada. Quizás por eso, cuando las luces se apagaron y el escenario quedó vacío, sus rostros fueron lo único que no se desvaneció. La fama es un juego donde el premio es una copa vacía. Kane lo entendió demasiado tarde: lo que importa no es lo que iluminan los focos, sino lo que persiste cuando se apagan.
miércoles, 23 de julio de 2025
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