Se le ocurrió, en un instante de claridad, que el viaje entero -esa travesía sin mapa ni brújula que es la existencia- quizás no tenga otro motor que un anhelo oscuro y fundamental. No se trata de la búsqueda de un paraíso, ni siquiera de la huida de una condena. Es algo más profundo. Imaginó que cada paso, cada giro del camino, cada herida y cada risa, no son sino eslabones de una cadena invisible que nos ata al origen, al fuego donde se fundió nuestro ser. No para liberarnos de él, sino para volver. Para reconocer su calor, su luz, y encontrar allí, en el epicentro mismo de todo lo que alguna vez nos destrozó y nos armó, a las únicas presencias que le dieron sentido al caos. A quienes, en medio de las llamas, nos tendieron una mano y nos mostraron, no la salida, sino cómo caminar sobre las brasas. Y entender, al fin, que la salvación no consiste en escapar, sino en elegir el incendio en el que arder. Y con quien hacerlo. Esa es la paradoja final. El único destino verdadero.
domingo, 24 de agosto de 2025
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