Se le ocurrió, en un instante de claridad, que el viaje entero -esa travesía sin mapa ni brújula que es la existencia- quizás no tenga otro motor que un anhelo oscuro y fundamental. No se trata de la búsqueda de un paraíso, ni siquiera de la huida de una condena. Es algo más profundo. Imaginó que cada paso, cada giro del camino, cada herida y cada risa, no son sino eslabones de una cadena invisible que nos ata al origen, al fuego donde se fundió nuestro ser. No para liberarnos de él, sino para volver. Para reconocer su calor, su luz, y encontrar allí, en el epicentro mismo de todo lo que alguna vez nos destrozó y nos armó, a las únicas presencias que le dieron sentido al caos. A quienes, en medio de las llamas, nos tendieron una mano y nos mostraron, no la salida, sino cómo caminar sobre las brasas. Y entender, al fin, que la salvación no consiste en escapar, sino en elegir el incendio en el que arder. Y con quien hacerlo. Esa es la paradoja final. El único destino verdadero.
domingo, 24 de agosto de 2025
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
LO QUE SE QUEDA
Uno aprende, con el tiempo, que algunas cosas se quedan. Una canción. Una persona. Una playa. Un día cualquiera. Una noche. Una tarde q...
-
Uno piensa una cosa, y dice otra. O promete algo, y no lo realiza. Es una ruptura. Un desgarro. Si se repite, cansa. La opción es simpl...
-
Te pasás la vida soñando. Con la casa, con el auto, con ese rincón de paz donde todo esté en su lugar. Juntás plata, pedís créditos, fi...
-
Uno arranca por cualquier lado. No hay otra forma. Nadie sabe dónde queda el principio. Así que agarramos lo primero que viene, un día...
No hay comentarios:
Publicar un comentario