Hay grietas que no se ven hasta que la luz las toca de costado. Así somos: intactos, hasta que algo nos quiebra. Pero no es la ruptura lo que importa, sino el amor que ponemos en repararla. A veces llega alguien con pedazos de verdad que ya conocíamos, pero no habíamos nombrado. Nos enseña sin sorprender; es como si despertara algo que dormía en nosotros. No trae lo desconocido, sino lo olvidado. Y en ese reconocer, nace algo más fuerte que la admiración: la certeza de no estar solo. Las tormentas no son el fin, aunque lo parezcan. Son el instante en que decidimos si nos refugiamos del viento o si aprendemos a bailar bajo la lluvia. Si elegimos quedarnos, si entendemos que el aguacero lava algo que necesitábamos quitar, entonces crecemos. Si no, quedan sólo charcos, barro y preguntas. Lo esencial no está en lo complicado, sino en lo claro. En un gesto que no necesita explicación. En lo que brilla en los ojos antes de escuchar las palabras. En el silencio que no inquieta. No somos lo que tenemos, sino lo que damos. Y quien nos ayuda a hacerlo no nos completa, sino que nos recuerda cómo ser entero.
domingo, 3 de agosto de 2025
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