Ya se sentía en el aire. Los últimos días. Esa luz particular que baña todo, como si cada segundo fuera eterno y, a la vez, invisible. Cada mañana, despertar ahí era un regalo del cielo. Las caras de los cómplices de todo te devolvían una sonrisa que ya era parte de tu propia piel. No querías que se termine. Hubieras estirado esos momentos como un chicle, que el sol no se cayera nunca, que la felicidad fuera una ruta sin fin. Pero, en un rato de silencio, de la nada, se te metía una foto mental: tu almohada, el olor de la esquina, la mesa puesta en la casa de tu mamá, una reunión de amigos. Un tirón de nostalgia por tu cotidianeidad, por lo tuyo. Es la contradicción justa: querer que lo bueno no se mueva ni un centímetro y, al mismo tiempo, morirte por volver a tu sillón, a los seres queridos que te esperan. Y cuando el avión despegue, no va a haber drama. Va a ser sólo la certeza tranquila de que lo lindo de verdad no se termina: se dobla con cuidado y se guarda en el bolsillo del jean, listo para cuando lo necesites.
miércoles, 27 de agosto de 2025
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