No había un plan, sólo movimiento. No me preguntaba el porqué, sino el rumbo. Una pulsión hacia lo austero. Lo estricto. Aprendí que en lo esencial no hay lugar para el engaño. El talento superior es nombrar la tormenta con un solo relámpago. Las palabras se volvían precisas. Contundentes. Las alineaba en estructuras pulidas. Buscaba frases que resonaran con una verdad geométrica. Puras y simples. No era un esfuerzo, era una partida de ajedrez en la que cada movimiento no lo decidía la estrategia, sino un sentimiento. Y en ese juego encontré la única certidumbre: jugar es lo opuesto a morir.
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