Hay una mecánica que no se altera. Cada mañana, la luz dibuja su ángulo en la pared. Un poco más lejos. No es un avance. Es una cuenta. Pensar que se puede detener es un error de cálculo. Una torpeza. La obsesión por coleccionar minutos es una batalla. Y está perdida. La victoria no es ganar terreno. Es dejar de medirlo. Es observar el desgaste de la piedra sin querer pulirla. La paz llega así. Cuando se abandona la necesidad de gobernar el reloj. No es huir. Es permanecer quieto. En el centro. Dejar que las horas pasen a través de uno. Como la luz por una ventana. Sin intentar atraparla en un puño cerrado. El final es simple. Abrir la mano. Soltarlo. Verlo partir. Y encontrar, en esa liberación, la calma permanente de lo que ya no se sujeta.
domingo, 31 de agosto de 2025
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