Vivimos cayendo. Es una regla sin excepciones. Caminamos. Tomamos aviones. Creemos movernos hacia adelante. Es una ilusión útil. Un pájaro no vuela: se niega a caer. Un edificio no crece: posterga su regreso al suelo. Toda acción horizontal es un hermoso ardid. Una distracción. La velocidad, los proyectos, el ruido. Son artilugios para no oír la verdad única: desde que nacemos, nuestra única dirección es hacia abajo. Entonces, ¿por qué tanta resistencia? Quizás la sabiduría no esté en luchar, sino en comprender. En aceptar esa caída elegante que nos define. Descansar los brazos, entonces. Cesar el forcejeo. Descubrir que en la rendición hay una paz antigua, y en el abandono, una especie de regreso.
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