Se creía que todo había terminado. Una idea cómoda. La guerra es la costumbre de llevar un arma bajo el sobretodo. Como James Bond, convertíamos el mundo en algo simple: un objetivo, una bala. La culpa era un lujo inexistente. O quizás toda esa elegancia era el cajón donde enterrábamos al que sí juzgaba sus actos. En el día a día libramos combates chicos. No dejan cráteres, sino rajaduras. Una palabra filosa, una mirada que se escurre. Heridas que no sangran; se hacen callo. El juicio llega con el silencio de la madrugada. No hay escape en la acción, sólo en la entrega. Es el momento de dejar el arma sobre la mesa. Mostrar la huella del caño en las costillas. La rendición de cuentas no es el castigo, sino el único acto de libertad que nos queda: aceptar el peso exacto de lo hecho. Y en ese reconocimiento, finalmente, se advierte una bandera blanca. La guerra, por fin, ha terminado.
domingo, 28 de septiembre de 2025
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