Se suele pensar que las personas son juguetes. Se les da cuerda con un halago o un gesto, y ellos realizan su función. La sociedad es esa gran caja de juguetes, todos interactuando con una eficiencia vacía. Tanta perfección genera una niebla espesa. Una ansiedad por fricción cero. No se teme al conflicto, sino al desgaste silencioso de ser siempre amable, siempre dispuesto. La autenticidad, entonces, es el pequeño sabotaje. No un grito, sino el valor de ser el juguete que se niega a funcionar. El conejo que detiene su marcha aunque sus pilas tengan energía. Un resorte que no salta, una rueda que se traba. Un gesto que rechaza la lógica del rendimiento constante. Se extraña el peso de los objetos antiguos, el tacto de lo que no fue diseñado para ser brillante e inofensivo. En este vivir y aprender, la victoria es sutil: como encontrar, entre tanto juguete nuevo, un bloque de madera maciza. No hace nada. No sirve para nada. Pero es inalterable. Prefiero esa pesadez. La belleza de lo que permanece intacto, sin necesidad de ser útil.
jueves, 25 de septiembre de 2025
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