Estás allí, en el último recodo de la memoria. No como un recuerdo, sino como un país entero. Un territorio completo, con sus leyes, su clima, su luz propia. No se visita. Se habita. Todo lo demás, los años que vinieron después, los que aún transcurren, son sólo el mapa que alguien dibujó para explicar la existencia de aquel lugar. Un mapa burdo, con fronteras equivocadas y nombres mal escritos. Lo mirás y asentís, por educación, pero sabés que la geografía verdadera es otra. La que conociste. Hubo una tarde. No una hora, ni un día. Una tarde. Una unidad de medida perfecta, un continente de tiempo donde todo lo esencial encontró su forma y su sitio. Fue allí donde se decidió el significado de las cosas. El amor, por ejemplo. O la felicidad. No se pensó. Simplemente, se supo. El reloj siguió su camino, por supuesto. La vida también. Es lo que se espera de ambos. Pero ese instante, esa plenitud, no pertenece a la cronología. Es una estrella que brilla con luz propia. No le afecta el desgaste. No conoce la nostalgia. Es. Por eso preguntar por el transcurso de los días es un error. Es como medir la profundidad del mar con una regla. Lo que fue verdadero, lo que fue absoluto, no se hunde en el pasado. Flota. Es una isla a la que no se llega navegando, sino entendiendo. Hubo una tarde. Y eso basta. Es la única moneda que no se devalúa. El único imperio que no cae. Todo lo demás es anotación al margen.
lunes, 15 de septiembre de 2025
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