La infancia se pierde cuando nace en uno un testigo. Este testigo no es el "no" de los otros, sino la mirada que instalamos dentro para vigilarnos. Dejamos de vivir el gesto para evaluar su representación. El juego se vuelve actuación. Hoy, ese testigo no prohíbe, exige: "¡Sé más tú mismo!", "¡Vos podés!". Nos exigimos hasta la alienación con la convicción de que eso es la libertad. Vemos nuestro reflejo en espejos empañados. Pero ese testigo a veces se duerme, y en ese instante volvemos a ser dueños de nuestro gesto. El espejo empieza a devolver una imagen nítida. La vida deja de ser un argumento que debemos defender. Somos, otra vez, el cuerpo que se mueve, no la idea que lo juzga; el territorio que se pisa, no el mapa que se traza. La libertad no es una meta: es el olvido de haberla necesitado.
martes, 30 de septiembre de 2025
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