Hay una virtud en quedarse quieto cuando todo pide movimiento. Cerrar la puerta. Hacer del espacio propio un territorio conocido, donde cada objeto vuelve a su lugar y a su razón de ser. Lo que nos cerca no es el mundo, es ese coro de voces que nos invita a soltar, a rendirnos. Afuera se oye el llamado de lo lejano: el viento que trae noticias de otros lugares, el cielo que enciende su último fuego sobre la línea. Quedarse. Eso es todo. Preservar el pequeño reino que somos. Recordar que para ciertas cuestiones siempre hay tiempo, que las tareas pendientes pueden esperar. Esa es la verdadera hazaña. Quedarse, contra todo.
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