A veces la vida se reduce. A un trabajo. A un problema. A una deuda. A una preocupación que ocupa todo. Se convierte en una habitación con una sola luz, y esa luz es la de la dificultad. Pero si te parás unos pasos atrás, y dejás que la vista se acomode, es más fácil de ver. No es una habitación con una luz. Es una habitación. Y en ella hay una ventana. Y tras la ventana, el cielo. No un cielo grandioso. Uno común. Pero está ahí. Y cambia de minuto a minuto. Eso es todo. Siempre fue así. La belleza no es un acontecimiento. Es una presencia invisible. La encontrás en el gesto exacto de tu mano al servir el café en la taza que preferís. En la manera en que el vapor sube, serpenteando, y se disuelve. No significa nada. Y lo significa todo. Es el sonido de una cuchara contra el bowl. El mensaje breve de un amigo que sólo dice “¿estás?”. No para salvarte. Para comprobar que seguís en tu lugar. Ese es el amor. No un sentimiento descomunal. Una geografía compartida. Un “acá estoy” dicho en voz baja. Las penas son reales. Te aplastan. Pero no son la única realidad. También está el peso del gato dormido sobre tus pies. La página de un libro que, de pronto, dice exactamente lo que necesitabas oír. El olor a tierra mojada después de un chaparrón breve. Pequeñas certezas. No curan. Pero te recuerdan que el dolor no es el dueño de la casa. Sólo es un visitante ruidoso. No hace falta buscar lo extraordinario. Sólo hace falta notar lo que ya está. La luz en la pared. El sonido de pasos conocidos que se acercan a tu puerta. El sabor del mate. Es una cuestión de enfoque. De elegir, por un instante, la luz de la ventana y no la de la dificultad. El mundo no se agranda. Vos te hacés más chico. Más preciso. Y en esa precisión, encontrás todo. Siempre fue así.
domingo, 14 de septiembre de 2025
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