Miren. Es como la antigua feria que llega al pueblo. El político es el feriante que reparte bagatelas. Cambia verdaderos problemas por objetos brillantes. Objetos por mayores complicaciones futuras. Su sonrisa es perfecta. Vacía. Usa caras famosas como propaganda. Prestigio alquilado para vender ilusiones. Es el arte de la feria: hacer pesadas las manos de la gente con cosas livianas, para que no alcen la vista y pregunten. Frente a ese ruido blanco de fondo, una idea simple. Casi tonta. La de la palabra que es sólo lo que dice. El gesto que no calcula. La línea recta de una vida. ¿Me seguís? No es grandioso. Es honesto. Al final, la feria se marcha. Los regalos se rompen. Se pierden. El ruido se apaga. Lo que queda es la belleza silenciosa de quien fue verdadero. Su historia, limpia. Como una piedra lisa que se encuentra después de la lluvia que suspende el espectáculo. ¿Me seguís?
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