Miremos de frente a nuestras derrotas. No son catástrofes. Son palabras que callamos. Pasos que, al final, no dimos. ¿Quién no ha soltado algo valioso, tal vez por orgullo? Por miedo a que fuera demasiado para nosotros. Pero la vida se acorta con cada oportunidad que dejamos pasar. No es un capricho. Es esa estúpida pesadez del alma que nos hace renunciar, o esperar un minuto de más, y luego otro. Al fin y al cabo, no es el final inexorable lo que nos aterra. Lo que nos aterroriza es llegar a ese último instante y descubrir, con una lucidez perfecta, que vivimos a medias. Que nuestra propia historia es sólo un boceto, un dibujo abandonado sobre la mesa. La condena más severa nunca es la que imponen los demás. Es el recuerdo imborrable, tranquilo y terrible, de lo que pudo ser y nunca fue. Ese es el verdadero fantasma. El que habita en los cuartos vacíos de la casa que, con un poco más de valor, hubiéramos podido construir.
miércoles, 24 de septiembre de 2025
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