Girás la cabeza. Es septiembre. Tus hijos dejaron de caber en tus brazos. Tu padre terminó de contarte sus historias antes de marcharse. Tus amigos se convirtieron en faros distantes. Girás la cabeza y la vida se ha escurrido en el intermedio. Se fue en el fragor de la obligación, en el cálculo mezquino del presupuesto, en los planes que, uno tras otro, se archivaron para un mañana que nunca llega. Y en esa distracción continua, en esa ceguera elegida, nos perdimos el arco que dibuja la boca de un amigo al reír. La textura de una mano que ya no está. La complicidad de un silencio compartido. La última palabra que quedó suspendida en el aire. Propongo esto: una tregua. Una deserción. Bajar del tren en marcha. Quedarse quieto. Ver. Ver las curvas que dibujan las nucas de tus hijos inclinados sobre los cuadernos. La geometría perfecta de una remera doblada por manos que conocen el oficio de cuidar. El modo en que la luz de la lámpara acaricia el rostro de la persona amada durante la cena. La verdad desarmada en los ojos de un amigo cuando calla. Hay que arrebatarle tesoros al reloj. Si la corriente nos va a llevar, que nos encuentre anclados en instantes de pura, obstinada atención. Y sobre todo, que nos encuentre brindando por algo. Porque esos segundos de alegría pura… esos, estoy seguro, son indestructibles. Permanecen. Flotan en el silencio del universo, como partículas de luz. No lo digo desde las certezas, sino como quien, ante la evidencia de la derrota, decide plantar bandera en el presente. Y ver...
domingo, 7 de septiembre de 2025
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