Se piensa que el dolor acerca. No es así. El dolor no acerca: señala. Marca una frontera con un dedo firme: acá estoy yo, allá estás vos. Y en ese espacio, crece la soledad. Una soledad de dos. Nos volvemos arquitectos de malentendidos. Construimos con los materiales más pobres: una palabra no dicha, un gesto interpretado al revés. Amamos desde lejos, incluso cuando estamos cerca. Tocamos piel y sentimos la lejanía como un frío repentino. Y uno recuerda, amargo, aquella verdad simple como un acorde: Isn't it a pity? / Isn't it a shame / How we break each other's hearts / And cause each other pain? La tragedia no es la herida, sino la rendición. Dejamos de mirar. Dejamos de buscar en el otro el reflejo de nuestra misma humanidad, quebrantada pero digna. Lo convertimos en un extraño útil, un actor en la función de nuestros días. Al final, no es el odio lo que mata las cosas. Es la pereza del alma. La comodidad de darse por vencido. Y así, uno se encuentra solo, sosteniendo la llave de una puerta que ya no existe.
sábado, 6 de septiembre de 2025
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