A esta altura del camino, una verdad se ha vuelto irrevocable. Lo que para mí es evidente, para el otro puede no serlo. Y viceversa. Ahí reside el núcleo del asunto. Antes, mi ambición era otra: quería convencer. Desplegaba mis razones creyendo que la lógica pura sería suficiente para alinear dos universos distintos. Era una pretensión ridícula. Aprendí que no se trata de vencer, sino de encontrar. El verdadero intercambio -aquel que vale la pena- no comienza con la boca abierta, sino con la oreja afilada. Exige un pacto tácito: yo estoy acá para entregar mi sentido, pero también para recibir el tuyo. No para someterlo al mío, sino para entender su arquitectura, su origen. Es un arte raro. La mayoría habla para contestar, no para escuchar. Y yo… yo he desarrollado una paciencia selectiva. Ante la ausencia de ese acuerdo mutuo, de esa voluntad de trueque auténtico, me retiro. No es derrota. El silencio es el principal componente de la comunicación. Protejo la integridad de lo mío, y evito la violencia de imponerlo donde sé que será sólo un cuerpo extraño. No es un vacío. Es el espacio de respeto que queda entre dos monólogos que se ignoran. Es la digna renuncia a una pelea que nadie ganará. Pero cuando aparece ese interlocutor válido -aquel que extiende la mano vacía, listo tanto para dar como para recibir- entonces toda la maquinaria se pone en marcha. Y el milagro ocurre: dos verdades distintas se tocan y, sin anularse, por un instante, se iluminan.
sábado, 13 de septiembre de 2025
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