Existe una belleza formidable en lo simple. En una idea clara. En un gesto que no se disfraza. Esa es la materia prima con la que diseñamos nuestro lugar en el mundo: una certeza limpia, sin adornos. La verdad no debería ser un lujo. Pero hay una fábrica que no para. Esparce, día y noche, una niebla espesa y dulzona. No la notás. Se pega a las cosas, a las noticias, a las canciones, a los slogans. Es el ruido de fondo del mundo, un consenso fabricado que te envuelve como un aire viciado. Te vas acostumbrando. Respirás esa niebla y creés que es oxígeno. Te van intoxicando de a poco. Te venden miedos con la elegancia de un anuncio y odios con la melodía de un jingle. Te construyen enemigos de cartón y sueños de plástico. Y lo más jodido es que lo hacen con nuestra complicidad. Porque esa niebla es cómoda. Calienta. No te exige que pienses, sólo que repitas. Tu cabeza, que podría ser ese lugar claro y despejado, termina llena de esa basura luminosa. Perdés el gusto por lo auténtico. Confundís el bombardeo con la importancia, la repetición con la verdad. La resistencia, entonces, es casi un acto de higiene salvaje. Una terquedad íntima. Es dudar aunque te digan pesado. Es preferir el silencio al coro. Es escarbar en vos mismo hasta encontrar esa voz que no le debe nada a nadie. La que suena a vos, y sólo a vos. No es una guerra. Es un mantenimiento constante. Una limpieza. La decisión de abrir las ventanas de par en par y dejar que se lleve toda la porquería aunque te digan que afuera hace frío. El mundo prefiere que estés contaminado. Es mejor ser simple. Ser claro. Duele, pero es la única manera de no vivir intoxicado.
jueves, 11 de septiembre de 2025
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