sábado, 18 de octubre de 2025

EL PAISAJE DEL FRACASO

     Un golpe que, al romper algo, descubre un lugar desconocido. Eso es el fracaso. Llega y, por más esperado que fuera, instala ante nosotros un paisaje que no habíamos previsto. Su luz es cruda, pero auténtica. No se puede decorar. Frente a esto, el éxito continuado es un ruido blanco: una habitación tan iluminada que al final ciega. La primera victoria tiene el relieve de una montaña; la décima, el de una llanura interminable. No es que sea desagradable, es que deja de importar. Se pierde en su repetición. Existe una obsesión colectiva por el triunfo. Lo hemos envuelto en oro y lo hemos colocado en un altar. Es el único destino que nuestra época considera digno. Y, en consecuencia, le hemos declarado la guerra al fracaso. Lo tratamos como a un virus. La razón es simple y profunda: el fracaso es el antídoto contra la ficción en la que vivimos. Rompe el hechizo de la autoimportancia. Nos coloca, de pronto, ante los hechos puros. No ante la historia que nos contamos, sino ante lo que es. Es incómodo, sí. Pero en esa incomodidad habita un tipo de conocimiento que el éxito jamás podrá ofrecer. El éxito construye un castillo de naipes. El fracaso, en cambio, pasa de largo y señala el horizonte verdadero. Así que, quizás, la sabiduría no consista en escalar la montaña una y otra vez, sino en tener el valor de permanecer en el valle cuando es allí donde hemos caído. Porque es en ese suelo desnudo donde la mirada se limpia, y el mundo, por fin, se muestra en su forma precisa e innegable. La victoria nos cuenta un cuento. La derrota nos da una verdad. Hay que elegir con cuidado qué se prefiere escuchar.





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